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viernes, 20 de enero de 2017

Con una taza de café - Decimosexta taza

Los dos enamorados, se habían conocido cuando apenas contaban los veinte años de edad.
Era una cafetería, del casco antiguo de la ciudad, regentada por un matrimonio de ancianos, que habían montado el local con el poco dinero que tenían, con los pocos ahorros con que contaban, en sus años de juventud.
Al matrimonio de ancianos, les unía, además de su inmenso amor, su pasión por la palabra escrita. Ella, era una voraz lectora desde su niñez, leyendo cuanto libro caía en sus manos. Su enamorado, desde la adolescencia, había descubierto la pasión por escribir.
Esa pasión, les había lleva a convertir la cafetería, en un santa sanctorum de los libros, donde se reunían escritores y lectores por igual, entorno a una taza de café, un zumo, un chocolate caliente o cualquier otra bebida…
Así fue como coincidieron, el joven escritor, estudiante de filología en la ciudad, soñando con un día llegar a ser profesor y ella, estudiante de enfermería, la que había su vocación de toda una vida, se encontraron, entre libros y café en aquella vetusta cafetería.
En el sexto año de su relación, la joven, ya una enfermera, encontró un anillo de compromiso, en el fondo de su taza de capuchino.


domingo, 1 de enero de 2017

Con una taza de café - Decimoquinta taza



A sus noventa años bien vividos, el paso de los años era inclemente con el anciano. Nueve décadas no pasaban en baldes.
Todo lo vivido, lo bueno y lo malo, las penas y las alegrías, todo había dejado una marca en el anciano, en su cuerpo que acusaba los achaques y penurias de toda una vida, en una piel marcada como un pergamino por las arrugas, en vista cansada que no era la que fue en un tiempo pretérito, en sus pensamientos que eran una enciclopedia donde estaban guardados los recuerdos de toda una vida.
Pero el mayor estrago, lo estaba haciendo aquella cruel enfermedad, que poco a poco le iba arrebatando esos mismos recuerdos, que poco a poco le arrancaba con indiferencia cruel, aquello más preciado que poseía.
Poco a poco, era como si ese mal fue arrancando, emborronando, rasgando, las páginas del libro de su memoria, dejando cada vez menos fragmentos legibles.
Pero había un recuerdo, que persistía: cuando se llevaba su taza de café a los labios, cada mañana, recordaba la tarde invierno, en la que en esa apartada cafetería junto al río, había compartido una primera taza de café, con quien entonces era una desconocida y setenta años después de ese momento, era el amor de su vida.


domingo, 18 de septiembre de 2016

Con una taza de café - Octava taza



Visitaba regularmente aquella vetusta librería desde que era una niña. En aquel entonces, era su madre quien la acompañaba una vez al mes, con un presupuesto limitado, para comprar algunos de los libros que llevaba todo un mes codiciando en sus estanterías.
En aquel entonces, el librero era un hombre aún relativamente joven, con sus gafas de pasta, su sonrisa de dientes irregulares y sus cabellos castaños en batalla, al que envidiaba con todas sus ganas por tener acceso a todos esos para ella preciados tesoros.
Podía pasarse horas para escoger, a lo sumo, tres libros, que era para lo que daba su pequeño presupuesto, para todo un mes. Y siempre el bibliotecario, le regalaba un caramelo, algún dulce, o cuando hacía mucho frío, en pleno invierno, la invitaba a una taza de chocolate, que apenas podía sostener con sus manitas.
Veinte años después, era ya toda una mujer. Trabajaba como enfermera en un hospital de la localidad, pero mes tras mes, acudía puntual, a tomar una taza de café con el ya anciano librero, departiendo sobre las novedades y sus libros favoritos, como un abuelo bonachón, que recibe la visita mensual de su nietecita favorita.
Y nunca faltaba tras esa visita, un puñado de nuevos libros bajo el brazo.



jueves, 8 de septiembre de 2016

Con una taza de café - Séptima taza




Un beso, tan sólo un beso. Tan sólo una taza de café que habían compartido, en ese retirado local de La Habana, cuyo nombre casual ya ni siquiera recordaba.

En sus ojos ancianos recordaba la mirada de los ojos de ella. En su memoria tenía tatuado el olor de su piel bajo la caricia del sol. Sus hombros aún recordaban el tacto de los cabellos de ella en ese roce casual. 

Sus manos no habían olvidado el tacto de las de ella en el roce último antes de la despedida.

Sus oídos no habían olvidado, el sonido del te quiero que ella le regaló, el primero y el último, antes de perderse por las calles polvorientas de la ciudad, en ese vaivén de sus caderas, su rostro oculto bajo la sombra del sombrero de paja.

Y sus labios no habían olvidado el sabor de ese beso. No era sólo el sabor del café. Era su sabor, el de los labios de ella, que el café no había logrado arrebatar a sus recuerdos.

Cincuenta años habían pasado de ese beso, y aún seguía en cada taza de café, buscando reencontrar, el sabor de ese primer beso.