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domingo, 8 de noviembre de 2015

12 cuentos para el otoño - XII- Corazón de pastor




Era uno de los pocos pastores que quedaban, uno de los pocos hombres, que querían hacer ese duro y ancestral oficio. A pesar de su juventud, aquel muchacho había aprendido el oficio de su padre, desde que era poco más que un niño.
Ahora su padre, demasiado anciano como para seguir subiendo a las colinas con el rebaño, el joven había tomado el relevo en la tarea de su padre.
Pasaba semanas en soledad, retirado con el rebaño en las montañas, y solamente volvía a las tierras bajas cuando necesitaba suministros y era cuando aprovechaba a reunirse con su familia, antes de volver con su rebaño.
Allí, su morada era una cabaña de sillares de piedra, tosca y muy sencilla, pero con lo suficiente para vivir ese tiempo. Una cocina de leña, un camastro, una mesa con un par de sillas, un armario donde guardar la ropa, un lavadero donde lavar los cacharros y prendas, y un arcón donde almacenaba las provisiones.
Al lado de la cabaña, un redil con techo para las ovejas con coderos recién nacidos y corrales de vallas, para el recio del rebaño.


Apunta de día, marchaba con sus dos perros, el zurrón y el mayal en dirección a lo alto de las colinas, en busca de los pastos más verdes, y hasta caída la noche no regresaba a los corrales, y así día tras día, hasta que las primeras nieves obligaban a bajar al llano.
Con el otoño, quedaban aún unas pocas semanas antes de las primeras nieves y las ovejas aún podían aprovechar un poco más los verdes pastos del norte.
Ese era un día, como otro cualquiera, en el que el joven pastor empezaba su jornada. Había unas nubes grises más allá de las colinas, que no presagiaban nada bueno, pero el joven pastor no podía dejar a su rebaño en el corral, o de lo contrario tendría que darles paja y forraje, que le costaba un dinero que no podía permitirse.
Pasaron las horas y llegó con su rebaño a lo alto de las cumbres, donde en una zona de pasto fresco, dejó a sus animales, observando con preocupación las nubes que se cernían cada vez más cerca, amenazando una tormenta.
Desde donde estaba, veía a una excursionista, que recorría en soledad las montañas, que le saludó desde la lejanía con la mano, antes de seguir su camino entre las colinas, perdiéndose de la vista.
Hacia casi el ocaso, las tormenta estalló con toda su virulencia, descargando rayos y lluvia por doquier.
El pastor, arrebujado en su abrigo, partió de regreso hacia el refugio, al paso lento del ganado, que atemorizado prácticamente no eran capaces de seguir avanzando.
Mientras bajaban por la colina, el joven pastor escuchó un grito de auxilio, que llegaba entre las sombras de la noche, arrastrado por el viento de la tormenta.

El pastor, preocupado, dejó que los perros guiaran al rebaño en el familiar camino a los corrales, y salió en busca, entre la tormenta, a la persona que pedía auxilio. Era de todo menos una decisión sensata precisamente, y la prudencia le gritaba que volviera su cabaña y se refugiara.
Pasó lo que al hombre, le pareció una eternidad, hasta que distinguió un anorak rojo entre un grupo de rocas, encontrando el cuerpo de la muchacha que le había saludado aquella misma mañana.
Aterida de frío y aterrada, la joven se había hecho un ovillo, guareciéndose como pudo entre las rocas. El pastor, tomó el cuerpo de la joven entre sus brazos, tomándola en volandas y cargando con ella, protegiéndola con su cuerpo de la tormenta, corriendo lo más rápido que pudo hacia la cabaña.
Al llegar, ayudó a la mujer a despojarse de su abrigo empapado, la abrigó en el camastro con una gruesa manta, encendió la chimenea y preparó un chocolate caliente para que la joven entrara en calor enseguida y pudiera secarse.

La muchacha agradeció las atenciones del pastor, sin pronunciar casi palabra, bebiendo a sorbos el chocolate, y entrando poco a poco en calor.
La muchacha le contó que había salido, como todos los fines de semana, a caminar por las montañas, pero que ésta vez la tormenta la había sorprendido antes de poder regresar al pueblo.
Le contó que trabajaba en la ciudad, pero a la mínima ocasión escapaba a las montañas, a sus verdes paisajes, a la tranquila soledad del lugar y que incluso había pensado dejar su trabajo en la urbe, para instalarse en el pueblo.
El pastor, le hablaba de su trabajo allí, del cuidado de las ovejas, de la soledad de su trabajo, de los peligros de la montaña, de la satisfacción cuando con el buen tiempo nacían los corderos...
La muchacha, le propuso, acompañarle en su trabajo con el ganado. Que el próximo fin de semana, cuando volviera a las montañas, acompañar al pastorcillo en su labor.
Éste, aunque con cierta preocupación, aceptó la propuesta de la joven, que a la mañana siguiente, regresó al pueblo tras despedirse del pastorcillo, prometiendo volver el fin de semana siguiente.


El pastor pensaba que todo era mentira, que lo había dicho por cortesía, que la joven no iba a aparecer. Pasaron los días y llego el sábado, en el que la muchacha debía volver. El joven pastor, partió como cada mañana hacia las montañas, pero de la joven no había ni rastro.
El muchacho, pasó todo el día pensando en la joven mientras vigilaba sus ovejas, hasta que al atardecer regresó al corral, y cual no fue su sorpresa, al encontrarse a la joven en la cabaña.
Un alegre fuego crepitaba cálido en la chimenea, una olla de sopa cocía entre las llamas llenando de un olor a verduras y carne el ambiente. El camastro estaba hecho y habían puesto sábanas nuevas y limpias. En la mesa, varias bolsas con provisiones y otros objetos.
La muchacha, le saludó con una gran sonrisa, abrazándole con fuerza, invitándole a sentarse, mientras le quitaba el zurrón, el paraguas y el abrigo, y le sirvió un cuenco de deliciosa sopa humeante.
La joven le contó que había llegado entrada la mañana, cargada con las bolsas, y que al ver que no estaba, había decidido esperarle.
Comieron ambos la sopa, atacaron los fiambres y queso que había comprado la muchacha y un trozo de un pastel que había hecho ella misma y traído consigo.
Terminado el ágape, salieron los dos juntos, con una manta, a contemplar las estrellas, con una taza de chocolate, como la que compartieron cuando se conocieron.
Los dos juntos, abrazados bajo la manta, se miraron unos instantes a los ojos, en silencio, antes de fundirse en un beso, que habló por ellos en el silencio de la noche otoñal.



martes, 3 de noviembre de 2015

12 cuentos para el otoño - XI - Dulce otoño



Tenía una pequeña repostería, en el caso antiguo de la ciudad, un modesto local heredado de su familia, con una larga tradición de maestros reposteros. Las instalaciones eran algo anticuadas y el local no daba para vender mucho producto, no era negocio para hacerse rico precisamente, pero daba para vivir.
El joven muchacho, trabajaba cada día con entusiasmo en el obrador, donde pasaba la mayor parte del día, saliendo a la parte de la tienda destinada a venta, cuando oía el tintineo del timbre, cada vez que entraba un cliente.
No tenía una gran clientela, pero si muy fiel. Ancianos, niños, y jóvenes, que cada día pasaban a comprar el pan del día, un pastel para un cumpleaños, una tarta para el té de la tarde, un pastelillo para la merienda... y él disfrutaba del trato con los clientes.
Lejos de utilizar productos exóticos o extraños, le gustaba trabajar con los frutos que daba cada estación. En aquel otoño, los frutos secos, las calabazas, las mermeladas qué el mismo había preparado, presidían sus especialidades.

Y cuando más disfrutaba, era cuando podía hacer encargos que se salían de lo habitual, cuando podía dejar volar su creatividad en el obrador, cuando le pedían un tarta para una boda, para una celebración especial, para una cena familiar en Navidades, por San Valentín o la celebración de un aniversario.
Era entonces, cuando desplegaba todo su arte, trabajando incansablemente a puerta cerrada durante horas, con resultados espectaculares.
Un día, llegó a su obrador, una joven estudiante de una escuela de hostelería, que estudiaba para ser repostera. Necesitaba un lugar, donde poder realizar las prácticas que le exigían para completar sus estudios y ser una repostera de pleno derecho. Había escuchado a los locales, hablar de la repostería del joven muchacho, y quería ser su aprendiz durante un tiempo.
El muchacho, recibió sorprendido a su aprendiz. Nunca había imaginado que nadie querría aprender de él, pero era cierto, que no le vendrían mal un par de manos más en el obrador para dar salida a todos los pedidos que con la proximidad de Halloween y posteriormente en Todos los Santos se acumulaban.
El joven repostero, citó a la muchacha al día siguiente, de buena mañana, en el obrado donde empezaría sus prácticas.

Al principio receloso, el joven repostero solamente le encargaba las tareas más mundanas, más básicas, que casi cualquiera hubiera podido hacer. Con el paso de los días, se dio cuenta del talento de aquella muchacha y le iba delegando tareas de mayor responsabilidad, aceptando la joven, sin rechistar, las indicaciones y órdenes del maestro.
Cada día, al final de la jornada, con el obrador limpio, echaban el cerrojo al local, se servían una taza de chocolate caliente y una bandeja de churros que hacían ellos mismos y se sentaban a disfrutarlos tranquilamente, hambrientos tras la jornada, hablando de sus respectivas vida.
Poco a poco, se iban acostumbrando el uno al otro, a su forma de ser, a su forma de trabajar, de hacer la cosas. Las horas de trabajo en el obrador, se pasaban sin darse ni cuenta y disfrutaban mucho compartiendo ideas sobre nuevas creaciones.
Hasta que un día, ya próximo al final del periodo de prácticas de la muchacha, llegó un encargo muy especial a la tienda. Tenían que hacer una tarta de bodas, para una pareja de enamorados de la localidad. Como curiosidad, no había límites ni indicaciones, dejaban el proyecto en manos de los dos reposteros. Total libertad en su creación.

La joven aprendiz, preguntó cómo debían encarar el peculiar proyecto, a su maestro. Éste le dijo, que pensara en cómo le gustaría, si tuviera que hacerla enteramente a su gusto.
Sorprendida por la confianza de su maestro, la joven pensó en una lista de ingredientes, decoraciones y técnicas, y trazaron juntos los bocetos, en papel, de cómo plantearían finalmente la tarta, en la que trabajaron durante dos días enteros.
Terminada la obra, el muchacho, dijo a su aprendiz, que al día siguiente, el novio vendría a por su tarta. El maestro repostero saldría de viaje unos cuantos días, por lo que la muchacha, como examen final, se quedaría al frente del local en solitario durante esos días.
Aterrada por la responsabilidad, la joven aceptó vacilante la peculiar propuesta de su maestro, sin atreverse a negarse, cuando se despidieron por ese día, cerrando el local.

A la mañana siguiente, se presentó el novio en el local, a buscar la tarta, al poco, de haber abierto la joven el establecimiento.
Para su sorpresa, el supuesto novio, no era otro que su maestro, que se presentó, vestido con un elegante smoking, y una caja con un anillo entre sus manos.
La joven le miró desconcertada, con los ojos abiertos como platos, al verlo de esa guisa.
Hincando la rodilla en el suelo, el joven se plantó ante su aprendiz, descubriendo el anillo ante ella.
- ¿Qué te parece la tarta de nuestra boda? - preguntó a la muchacha.

lunes, 2 de noviembre de 2015

12 cuentos para el otoño -X- Cincuenta otoños....



A través de la ventana, se veían los árboles de la casa, con los tonos amarillos y ocres del otoño ya entrado, las hojas cayendo poco a poco al suelo, preparándose para el invierno.
Apenas amanecía, los primeros rayos de sol inundando la habitación. en la que los dos ancianos empezaban un nuevo día en el lecho, abrazados, entre las cálidas sábanas.

Esa casa de piedra, con su jardín con los almendros y cerezos, tras la valla blanca, era el sueño de toda una vida. Era la casa en la que la pareja habían vivido más de cuarenta años. 

Él profesor jubilado, ella enfermera ya retirada. En esa misma cama habían engendrado a sus hijos, se habían acurrucado con sus pequeños cuando enfermaban o en las noches de tormenta. En ese mismo lecho habían hecho el amor noche tras noche de su vida. 

En ese mismo lecho, habían amanecido y anochecido, todos y cada uno de los días de su vida juntos, en más de cuarenta años en esa casa y los cincuenta que llevaban juntos.

50 otoños, 50 veces que el otoño había llegado al calendario, a los árboles, a sus vidas. 50 otoños, llenos de despertares entre besos y caricias, 50 otoños extrañándose cada segundo, que habían estado lejos el uno del otoño, 50 otoños, viendo el paso de los días, viendo como su amor florecía, como su amor prosperaba, como su amor se hacía más grande, más intenso, más maravilloso.

50 otoños, en las que la pareja de ancianos, seguía compartiendo las pequeñas cosas del día a día, con las mismas ganas, con la misma emoción, la misma sensación cada día de compartir algo muy, muy especial.
50 otoños después, despertaban cada mañana sin excepción juntos en el lecho, preparaban el desayuno en la cocina, entre besos y guiños cómplices como una pareja de veinteañeros. 

Ella leía en su butaca azul junto a la chimenea del salón, él tecleaba en su vieja máquina de escribir, línea a línea, las páginas de su siguiente novela, que ella leería impaciente tan pronto como terminara.
Pasearía juntos por los caminos alrededor de su casa, se sentarían a hacer un pick-nick entre la hojarasca, junto al río, como cuando eran dos chavalillos.

Cantarían juntos en los días de lluvia para espantar los truenos, salían a comer a su restaurante favorito, el mismo al que iban de novios, entrelazando las manos sobre la mesa, besándose como dos adolescentes en su primera cita por encima de los platos.

Otoño, invierno, primavera o verano.... en todas las estaciones, su amor florecía, año tras año.





domingo, 1 de noviembre de 2015

12 cuentos para el otoño - IX- Fogones para el otoño



Era una joven cocinera, propietaria, de un pequeño asador, cerca de las montañas, a las que senderistas, alpinistas, parejas y familias acudían en festividades a fugarse lejos de la ciudad, lejos de sus ocupaciones diarias, de su trabajo y obligaciones.
Desde pequeña, había aprendido con sus padres el arte de la cocina. Le gustaba experimentar y aprender, pero huía de los modernismos de la cocina de autor, partidaria de quien se sentara a su mesa saliera con la panza llena y bien regada de vino.
Desde que sus padres habían fallecido, por avanzada edad, se había quedado sola al frente del local, teniendo que hacer ella todo el trabajo en cocinas, contando sólamente con la ayuda de una joven muchacha del pueblo, a la que contrataba en las temporadas de más clientela, para que sirviera las mesas y atendiera en la barra.
Se acercaba el puente del Pilar, en el que esperaba un gran número de clientes en su asador, durante los días que duraran las festividades.
En el primer día, apareció un joven fotógrafo en su restaurante, que trabajaba para una revista de turismo y paisajes, al que habían enviado desde su editorial para hacer fotografías de las montañas.
El muchacho, se hospedaba en la habitación de una casa de turismo rural, y acudía cada día a hacer las tres comidas del día en el asador de la muchacha.
Acudía de buena mañana al asador,  pertrechado con una mochila con su equipo, tomaba asiento en la misma mesa, cerca de las cocinas, donde desayunaba, siempre con una sonrisa amable, antes de salir a hacer sus fotografías.
Regresaba al mediodía para comer, aprovechando muchas veces a preguntar a la joven, por los mejores rincones, por los más bellos paisajes que fotografiar.
Y por las noches, agotado tras todo el día fuera, tomando fotografías, tras la cena, se sentaba en un rincón del salón, con un chocolate caliente, donde compartía con la muchacha, las fotografías que había hecho en ese día.
Poco a poco, los días del puente fueron pasando y la joven estaba cada vez más saturada de trabajo en las cocinas, que no alcanzaba a atender a toda la clientela del local.
El joven, tras su desayuno, veía la muchacha, con la cual había empezado a forjar una incipiente amistad, afanándose entre los fogones, aceleradamente, enrojecida por el calor y el esfuerzo.

Como respondiendo a un impulso natural, el fotógrafo aparcó sus cosas en un perchero del local, cruzó la barra del local y se calzó un delantal y un gorro para el pelo, entrando en la cocina.
Para sorpresa de la muchacha, el joven retomó el trabajo, en una tabla de cortar, en la que joven había dejado unas verduras a medio cortar, que el muchacho se puso a la tarea de seguir cortando.
Largo rato antes del mediodía, los dos jóvenes, danzando entre los fogones en una sincronía como si lo hubieran hecho toda la vida, estaba preparada toda la comida necesaria con tiempo más que de sobras, y al fin, la joven podía relajarse un poco.
Terminada la tarea, se sirvieron una taza de humeante café y salieron a la parte trasera del local, donde la joven propietaria tenía un banco, desde que el que se avistaban las montañas, donde se retiraba, en los raros momentos de soledad, para estar tranquila.
Dando sorbos al café, la muchacha, se apoyó agotada, la cabeza en el hombro del muchacho, con un suspiro de agotamiento.
- Gracias - susurró ella, tomándole por el brazo, acariciando su mano con las yemas de los dedos.
Él, por toda respuesta, depositó un suave beso en su frente.