sábado, 16 de enero de 2016

12 cuentos para el invierno - XI- Corazón helado



Vivía, aquel príncipe, en su retirado palacio de hielo. Antaño, aquel había sido un reino próspero, lleno de vida y de alegría, lleno de vegetación, de animalillos, de campos de cultivo donde la tierra daba sus frutos generosamente, donde sus aldeanos vivían felices.
Pero desde hacía algunos años, algo había cambiado. Su príncipe, su señor, se había ido volviendo cada vez más huraño, más gruñón, más taciturno, más reservado e introvertido, y pasaba cada vez más tiempo encerrado en palacio, sin querer ver a nadie, sin querer saber nada de nadie.
Poco a poco, los días se habían ido tornando grises, fríos y tristes. Las gruesas nubes de tormenta llenaban los cielos, cubriendo nevada tras nevada con su manto blanco por completo el reino.
Las heladas se sucedían, caía el granizo, arruinando las cosechas y enfermando el ganado. Muchos de los aldeanos, habían optado por marcharse del reino, en busca de tierras más adecuadas donde vivir, al punto de que el príncipe, se había quedado sólo, completamente solo en su palacio de hielo.
Una joven viajera, una curandera que viajaba de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, ofreciendo sus servicios a quienes enfermaban y viviendo de la caridad.

Extrañada, llegó al reino, cubierto por la nieve y el hielo, aún en plena primavera. Encontró las casas abandonadas, cubiertas por la nieve, con los tejados medio derruidos.
Caminó por aquellas calles, hasta que llegó al palacio, donde se sorprendió de ver el lugar solitario, abandonado, cubierto de hielo, sin sirvientes ni cortesanos por ningún lado.
Vagabundeando por las estancias, encontró una retirada alcoba, donde dio con el joven príncipe, metido en la cama, aterido de frío, con los labios azules por las gélidas temperaturas y la piel blanca.
La muchacha, sacó de su zurrón, las medicinas que solía utilizar en sus curas, dándole a beber sus mejunjes y aplicándole apósitos calientes por todo el cuerpo, remojados en sus mezclas de hierbas.
Encendió la chimenea en la estancia, preparó una sopa de verduras bien caliente, que el joven, comió con apetito. La muchacha, permaneció al lado del joven, prodigándole cuidados, hasta que recobró la salud.
A medida que el joven príncipe se recobraba, la nieve y el hielo, se fueron retirando de aquel lugar, tornándose más cálido, volviendo a salir el sol, a rebrotar las plantas, a regresar los animalillos.



La joven curandera, creía que eran los cuidados que había prodigado al joven, los que habían hecho que recobrara la salud.
Pero en realidad, el mal que aquejaba al príncipe, era uno mucho más complicado, más sutil, que simplemente, no requería de pociones, de ungüentos, sino simplemente, de un poco de amor, de un poco de cariño.
El joven príncipe, tenía un gran reino, tenía riquezas, un gran castillo, sirvientes, tierras, oro y plata por montañas…. Pero en donde en verdad importaba, su corazón era más pobre, que el más mísero de los pordioseros de su reino.
Y al final, su reino, se había contagiado, de la frialdad de su corazón, al que tanto le faltaba la llama del amor, la llama de la ternura, del cariño, de la esperanza.
Desde ese día, la curandera se convirtió en su princesa, en la curandera, no sólo de su vida, sino de su maltrecho corazón. Y desde ese día, su reino vivió una interminable primavera….

miércoles, 6 de enero de 2016

12 cuentos para el invierno - X- El coraje del enamorado



Era un afamado explorador, amante de los deportes extremos y del riesgo, conocido por sus descabelladas expediciones por todo el mundo, expuesto a toda suerte de peligros, y salir siempre airoso de ellos, siempre volver de una pieza a casa tras sus aventuras.
La última de sus aventuras había tocado techo, en los límites de la insensatez y la locura.  Se encontraba realizando una travesía en un barco de vela, camino a la Antártida, desde que saliera de puerto en España, donde llegar a la base científica era el final de etapa de su insensato viaje.
Realizaba el viaje en completa soledad, sin nadie más acompañándole, aunque en realidad, el nunca, nunca estaba solo.
En tierra quedaba su familia, su amada esposa, que esperaba con impaciencia y el corazón en un puño, el regreso de su siguiente aventura.
Pero el joven aventurero, allá donde miraba, allá donde estuviera, su amada, siempre estaba con él. En las estrellas que llenaban el firmamento nocturno noche tras noche, recordaba el brillo de los ojos de su amada, como si en la distancia, ella velara por cada paso, por cada metro que avanzaba hacia su objetivo estuviera libre de peligros y riesgos.

 En el vaivén de las olas, se sentía como entre los brazos de ella, como una madre acuna a su hijo, se sentía seguro, se sentía en paz, sentía que ese mar de helado corazón no robaría su vida para si.
En los primeros rayos de sol, sentía el tacto de su piel, el tacto de esas caricias, de los besos con los que su amada le despertaba cada mañana cuando estaban juntos.
En la brisa del mar, en canto de las aves marinas, era como si más allá de los kilómetros, la voz de su amada, llegara hasta él en aquellos helados parajes, como si escuchara su voz diciendo “Vuelve pronto a mis brazos amor, sano y salvo”.
Y sabía que sencillamente no podía tirar la toalla, que por muy duras que se pusieran las cosas no podía dejar que sus rodillas se doblaran, no podía dejar que la adversidad doblegara su coraje, sus ganas de luchar por quien amaba.
Ni la  distancia, ni el frío, ni el inmenso océano, ni los innumerables peligros que en su camino encontraba durante sus aventuras, podrían jamás impedirle, volver a los brazos de su amada.
Porque ella era la razón de su vida, la razón de su existir. Y la vida, la vida era demasiado corta, cuando de pasarla a su lado se trataba.
Tras una interminable travesía, al fin, alcanzó la base científica, y con ella el fin de su aventura. Volvería al fin a casa.

domingo, 3 de enero de 2016

12 cuentos para el invierno - IX – El calor del hogar



Amanecía una nueva mañana, de aquel gélido invierno. Los dos enamorados, despertaban juntos, con los primeros rayos de sol colándose entre los cristales de la habitación, cubiertos de hielo.
Era una mañana de domingo, por lo que los dos enamorados, tenían todo el día por delante, sólo para los dos, sin el habitual estrés y prisas de la semana.
Un despertar a besos, enredados bajo las sábanas, sin prisas por empezar el día, olvidando el despertador, los madrugones, las interminables horas separados.
Hasta que los niños entran en la habitación, irrumpiendo con sus gritos, saltando sobre la cama a los brazos de sus padres, entre risas, llevándoselos a la bañera, donde preparar un baño caliente de espuma para los cuatro, jugando en el agua como chiquillos, antes de preparar el desayuno para los cuatro.
Un corazón dibujado en las tostadas. El aroma a café  y a chocolate caliente en aire y de los churros recién hechos. Un cd de su grupo favorito en la minicadena y los dos enamorados cantando a voz en grito. Una mirada cómplice, un guiño y un beso, cuando los niños no miraban.
Tras abrigarse, salen al jardín, donde la nieve ha caído en abundancia durante la noche.

La enamorada con su hija, el enamorado con su hijo, jugando a una guerra de bolas de nieve en el jardín, utilizando cualquier trasto como parapeto de los proyectiles. El que perdiera, fregaría los platos esa noche.
Jugando juntos a hacer ángeles de nieve, rodando abrazados por el manto blanco, con su perrillo dando brincos y ladrando emocionado, de acá para allá.
Cocinando juntos al amor de la lumbre, horneando galletas, con motivos invernales, decorándolas juntos y terminando perdidos de manchas de harina y huevo.
Preparada la comida, pusieron juntos la mesa, descorcharon los dos enamorados una botella de vino para ellos y una de zumo para los niños, brindando por su amor, disfrutando de la comida que habían preparado juntos, antes de dar buena cuenta en el postre de las galletas que habían hecho junto a sus hijos.
En la tarde, acurrucados al calor de la chimenea, con su manta azul, leyendo cuentos a sus niños, antes de dejarles salir un rato a jugar en el jardín, bien abrigados, para que hicieran un muñeco de nieve.
Quedaron los dos enamorados, a solas en el salón, abrazados en el sofá, haciendo caso omiso a una película romántica de la televisión, por estar entregados a sus besos y caricias, ahora que tenían unos instantes de paz, con los niños jugando fuera.

En la noche, antes de cenar, salen con un tazón de caldo caliente, a contemplar el firmamento estrellado, jugando a imaginar mil formas en cada constelación, acurrucados los cuatro bajo una manta para combatir el frío invernal, antes de meterse para la casa, a cenar juntos, a la luz de las velas y de la chimenea del salón, dando como una atmósfera irreal, mágica, al salón.
Con los niños dormidos tras el largo día de juegos, al fin los dos enamorados, pueden retirarse y tener tiempo a solas. Esa noche, en la calidez de la habitación, el frío invierno, se derretiría en el fuego de la ardiente pasión.


viernes, 1 de enero de 2016

12 cuentos para el invierno -VIII- Más dulce que el chocolate.



Era la joven propietaria, de un pequeño café, en el cruce de dos, antaño, concurridas calles de la ciudad, que poco a poco víctimas del desarrollo urbano, habían quedado reducidas a dos pequeñas callejuelas del casco antiguo de la ciudad.
Sus abuelos, habían montado con sus ahorros ese local, hacía 50 años, tomando el testigo sus padres cuando éstos se jubilaron, y ahora con sus padres cerca del retiro, la muchacha, se iba poco a poco encargando más y más del local, aprendiendo el oficio de sus padres, para el día de mañana tomar el relevo.
Era cierto, que el local no era muy grande, pero tenía esa atmósfera clásica, antigua, de los locales en los que parece que el tiempo se ha detenido.
No tenía mucha clientela, pero especialmente en el invierno, tenía una fiel clientela que acudía casi cada día, a disfrutar de sus cafés y de sus tazas de chocolate caliente.
La gente entraba con sus gorros, bufandas y mitones. Jóvenes, niños, adultos y anciano, sin distinción de edad, como cumpliendo un ancestral rito, entraban en el local ateridos por el frío invernal, pero tras una dulce taza de chocolate o un cremoso capuchino, a veces acompañado de unos churros, entrando en calor, con una sonrisa golosa en los labios, con restos de chocolate en las comisuras.

Entró esa mañana en el local, una pareja de enamorados. Dos jóvenes de poco más de 20 años de edad, envueltos en sus abrigos negros, con una recia bufanda ella, con una palestina y guantes negros él.
Los dos enamorados, tras pedir un chocolate caliente, el especial de moka blanco con virutas de chocolate negro y galletas de jengibre, los dos enamorados, buscaron un retirado reservado del local, donde se sentaron el uno junto al otro.
Las manos entrelazadas sobre las piernas, los dos enamorados hablaban en apenas susurros, cerca el uno del otro, mirándose en interminables miradas, apartando la vista no más tiempo del estrictamente inevitable, para dar un sorbo al chocolate o un bocado a las galletas, limpiándose a besos entre risas de complicidad el chocolate de los labios.
Los dos enamorados estaban juntos, como en su propio mundo, ajenos, al resto del mundo, ajenos al resto de los clientes de aquella cafetería.
Desde ese momento, dejaría de ser simplemente un lugar más, un local más. Era un local que quedaría marcado para siempre con sus recuerdos, con los momentos vividos en él, con ese instante. Ya nunca sería el mismo, añorarían esos momentos cuando la distancia se interpusiera de nuevo entre los dos enamorados.

Pasarían delante de ese local, y se verían a si mismos, sentados tan cerca el uno del otro, en ese reservado.
A la encargada del local, las horas se le harían eternas, tras la barra, sirviendo bebida tras bebida a los clientes, pero a los dos enamorados, ese momento se les antojaría apenas un instante, apenas un instante las horas que allí pasarían juntos, deseando congelar el tiempo y que ese momento durara para siempre.
Terminada su bebida, la noche caída, los dos enamorados pagaron su consumición, y tomados de la mano, la cabeza de ella apoyada en el hombro de él, se perdieron juntos entre las sombras de la ciudad.